martes, 9 de junio de 2015

El centro caraqueño





Bárbara Salvatierra

Muchos venezolanos de Caracas y sus adyacentes al escuchar "el centro" ya se hacen una idea de lo que se intenta hablar.  Las reacciones son múltiples. Hay quienes abren los ojos como un plato enorme, la típica expresión de que aquel lugar, no es el mejor para estar. Otros, suelen soltar una salta de improperios, sobre el tráfico, la suciedad en algunas esquinas, la gente que te empuja y encima te roba. En fin, la mala experiencia de su día a día.  Pero, habremos otros-sí, me incluyo- que sentimos nostalgia y de la buena, pues a pesar de que sus suelos no son los más limpios con la basura que se acumula, de que la gente roba - como en cada esquina del país- y su tráfico acaba con la paciencia hasta del más sabio y tranquilo hombre, la esencia de ese lugar, regala historia y en ocasiones, paz.

  
Cuando vas caminando y observando, te puedes encontrar con gente que hace vida en las plazas, en los cafés y centros culturales. Gente, que viene de antes, y nos regala historias de antaño.  Hombres y mujeres con arrugas y rostros suaves que se unen en un baile que desde chicos,  presenciábamos. Jóvenes que van a un ritmo relajado, con sonrisas de encanto y fascinación. Niños que corren, saltan y parecen aves libres porque van a su modo.

El centro puede ser un lugar para echarte en un banco tomar un café y escuchar sueños perdidos y logrados, vivencias buenas y malas. En donde puedes observar con simpleza la vida cotidiana, la gente que sube y la que baja. Los chicheros con los que llegas y sueltas un bonito saludo apureño, "epa, viejo, ¿me das una chicha?", los artesanos, buenos creadores, o los actores disfrazados de los que hicieron en su momento, la historia. Allí, encuentras toda clase de locura, vendedores que hacen vida en las calles de Caracas, pero que su espíritu proviene de otros sitios lejanos.

Si quieres darle un revuelo a tus impulsos, visita "el centro", contágiate de aquella simpleza que regalan sus suelos con formas de piedras como en la época medieval, siéntete anciano bailando en las plazas o niño, corriendo al rededor de las fuentes, o simplemente tú, un visionario más de la rutina que cargamos todos pero que de vez en cuando, salta la talanquera y hace cosas nuevas.